Los innumerables cristales de las blancas galerías porticadas de la Marina, construidas entre los siglos XVIII y XIX, han dado su imagen a la ciudad. La salida y la puesta de sol arrancan destellos en los cristales, que en algunos puntos se reflejan en el agua. Aunque existen en todo el norte de España, como protección frente a la brisa y la corrosión del mar, en Coruña tienen carácter propio. Hay casos en los que su parte superior aparece decorada con motivos geométricos. Además de su valor estético, constituyen un recurso para ahorrar energía y mantener el calor con mínimo consumo gracias a su doble fachada: el espacio entre la superficie acristalada, de madera y vidrio, y la pared aísla del viento y la humedad.