En la margen izquierda de la ría formada por la desembocadura del Mero, ha ido creciendo la ciudad hasta una estrecha península rodeada de mar, que aún se puede ver, oír y oler desde casi cualquier lugar. Habitada desde el Neolítico, dio cobijo a celtas, romanos, suevos. Fue puerto comercial abierto a fenicios, vikingos, normandos, flamencos o genoveses. Otros, desde Julio César a Drake, vinieron en son de guerra, aunque también desembarcaban en ella los peregrinos. El casco antiguo, con calles tortuosas, palacios blasonados, paredes de sillería, torres y ábsides revela que fue plaza fuerte, civil, militar y eclesiástica. En la arquitectura de la ciudad sobreviven rasgos del románico, barroco, renacentista, neoclásico, modernista. Hay que pasear por la Pescadería, los Cantones o la Ciudad Vieja para descubrir plazas como la de santa Bárbara y la Harina, o jardines como los de Méndez Núñez y san Carlos, donde reposa el general inglés sir John Moore. Entre la calle Real y la de Juan Flórez proliferan todo tipo de negocios, desde viejas confiterías y anticuarios a grandes firmas de moda. Los coruñeses también disfrutan de las playas urbanas de Orzán, Riazor, Oza, san Amaro y As Lapas. En los últimos tiempos se han añadido atractivos como el Parque de Bens o el ascensor panorámico del monte San Pedro, con las mejores vistas de la bahía coruñesa.
(c) 2009 Herminia Bevia Villalba