Una de las nueve puertas de acceso a la Plaza Mayor proyectadas en 1790 -la de esquina suroeste-, debe su nombre a la proliferación de chiscones de quienes hacían filosas en sus proximidades. Siempre huele a vino, a calamares fritos y a turista norteamericana, a pesar de que uno de los restaurantes aledaños advierta que Hemingway jamás comió allí. El Arco, encajado entre casonas setecentistas de recios zócalos berroqueños, se convierte ante quien se vuelva a mirarlo desde abajo en un trampantojo ciclópeo, debido a la abrupta caída que, entre la Plaza Mayor y la Cava, salva su escalinata.